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Henry Rono, el dios de los estadios ganó la carrera al alcoholismo

Publicado el 5 de octubre de 2010

Por Oscar Gutiérrez.*

El que fuera recordman mundial de 3.000, 5.000, 10.000 y 3.000 metros obstáculos, que lavaba coches en Portland, ha ganado la medalla más valiosa.

El atleta universitario que soñaba con los trials, las competiciones puntuables para acudir a los Juegos de Atlanta, pagó el servicio de lavado y dejó una generosa propina para el hombre que barría la estación. Después de despedirse con un afectuoso: “Hasta otro día, campeón”, puso en marcha el motor de su reluciente coupé blanco y se adentró en el tráfico de las calles de Portland, la ciudad de los Blazers, el equipo de Fernando Martín, de Drazen Petrovic y de Sabonis.

rono1Desde que se conoció la noticia, numerosos deportistas, principalmente del atletismo, se acercaban hasta el garaje para saludarle. Henry Rono, uno de los grandes corredores de fondo de todos los tiempos, el keniata que derribó cuatro récords mundiales en el espacio de cien días, estaba disputando, ahora en el reducido espacio de un tren de lavado, la gran prueba de su vida, la carrera contra el alcoholismo y la miseria. Lo leí en un despacho de agencia e, irremediablemente, desempolvé del tiempo una de las sobremesas que no se olvidan, en una época en la que el atletismo me aportó vivencias inolvidables.

Un juguete roto

Año 1983. Pistas de atletismo de la Washinton State University, Pullman (USA). “One more time”, “¡Un poco más, una vuelta más!”, insistió sin mucha convicción su entrenador. El atleta se salió de la calle y se fue arrodillando lentamente, el pulso alterado, jadeante, sobre la hierba del pequeño estadio. Los deportistas que preparaban la temporada y los exámenes de fin de curso, entre ellos el español Javier Moracho, se dirigieron compasivos hacia el as derrotado y suplicante: “¡Ayudadme, ayudadme por favor!”.

En 1978, cinco años antes, el excepcional fondista keniata había batido cuatro récords mundiales. Ahora, agotado, los ojos enrojecidos por el alcohol y la nostalgia, Henry Rono era un juguete roto.

Como en el día de los días de Jesse Owens o cuando el salto increíble de Bob Beamon, el Mundial de Maradona, o Carl Lewis en Los Ángeles, la mirada asombrada del mundo del deporte quedó fijada en cuatro fechas de aquella primavera del setenta y ocho, en un atleta africano.

Durante cuatro noches, el tam-tam estrelló contra el viento la sonora percusión de fiesta entre la tierra roja de la sabana, las hileras de acacias-parasol y el cielo anunciador de las lluvias cenitales.

Henry Rono tiró el bote de cerveza, el décimo de aquella mañana, e intentó corregir con mano temblorosa la distorsión de la FM local en el dial de su radiocassette, mientras seguía, acompañando con movimientos de cabeza y la mirada perdida en recuerdos, la música que bailaban en las aceras los jóvenes negros junto a los bares cercanos al campus de la W.S.U., en la pequeña localidad de Pullman, en Estados Unidos, a donde llevaron al campeón desde su aldea africana.

Los “cazadores” de atletas, los blancos del safari-crono llegaban a los poblados y marcaban una distancia cualquiera entre el jeep y el baobab para elegir a los más rápidos, a los más resistentes, a los futuros hombres-récord, como Aki-Bua en Uganda, o Filbert Bayi en Tanzania, Keino o Mike Boit en Kenia.

Rono en 1.978

Rono en 1.978

En la universidad americana, después de una corta estancia en el “batallón” de deportistas del Ejército de Nairobi, encontró a otros africanrunners, a otros muchachos del altiplano o de las verdes reservas. Se fijó en Kimombwa, un sensacional fondista de mediados de los setenta, después también, juguete roto. Allí entrenó Rono durante un año hasta explotar en aquellos días de abril a junio con cuatro plusmarcas mundiales en las “jaulas doradas” de los estadios de tartán, aplausos y gloria.

Berkeley, ocho de abril de 1978, récord del mundo de 5.000. Seattle, (13 de mayo), Rono se apodera de la marca mundial de 3.000 obstáculos. Viena, (11 de junio), nueva proeza del africano en un 10.000 de récord. Oslo, (27 de junio), repite plusmarca mundial en 3.000 lisos. ¡Increíble, asombroso! Sus marcas de 3.000 obstáculos y 3.000 lisos se mantuvieron durante muchos años en el primer lugar del ranking mundial.

Cuando tiempo después cesaron los aplausos y los telex de los cinco continentes dejaron de escribir su nombre, vieron al keniata con la mirada perdida y el corazón latiendo por la llamada de África, vagando por los pasillos de la Universidad o por los bares cercanos con el inmenso radiocassette rectangular comprado con los primeros y escasos dólares del atletismo de entonces. Junto al campeón, siempre con un bote de cerveza en la mano, los muchachos negros hacían break-dance en las aceras o pintaban murales sobre las paredes, murales vivos de colores, como las flores de la bella Nairobi.

No pudo acudir a la Olimpiada de Moscú y esa fue su primera gran decepción. Aunque después realizó proezas notables, como el récord de 5.000 en 1981; 4º y 5º del mundo en 5.000 y 10.000 en 1982; el alcohol estaba destruyendo al hombre. Ausencias en los entrenamientos, aumento de peso…y el final de un astro tan brillante como fugaz.

La muerte de un hijo de corta edad empeoró su estado. Rono hablaba con melancolía del poblado, del cuenco de gachas en la choza familiar; del día en que, ya hombre, el anciano de la tribu, siguiendo el ritual de siglos, le ofreció la leche de cabra y la sangre que brotaba de la yugular de un bovino recién sacrificado.

Rono recordaba también el nombre de aquella negra de pechos en punta y caderas generosas grabado a cuchillo en la corteza de un baobab. Hablaba de sus largas caminatas por la sabana, libre, corriendo tras los impalas, arrodillado bajo la acacia albida de los poderes mágicos, y vigilando al león de melena oscura. Se había roto aquella sinfonía vital entre el polvo y el viento, se había roto la plástica, la armonía y el equilibrio del atleta que escuchaba de niño, al abrigo de las lluvias cenitales, los relatos de grandes cosechas y las hazañas de los jóvenes guerreros. Con lágrimas en los ojos, enrojecidos por la pena y el alcohol, desorientado, se le oía balbucear: voy a volver, brother. Batiré otro récord del mundo… Rono vuelve… brother.

¿Qué ocurrió, campeón? ¿Fue la macumba, el desarraigo o la memoria de África? Algunos organizadores, a petición de los atletas, incluyeron compasivamente al keniata en sus meetings. Fue patético ver a la estrella de ayer arrastrarse doliente, impotente, en los últimos puestos. Y regresó a su país donde le ofrecieron el cargo de segundo entrenador en una escuela. Por poco tiempo.

RONO 1980Henry Rono en 1.980

“No han dicho tu nombre, padre”

A mediados de los ochenta, en el estadio de Nairobi, la que dicen es la ciudad más agradable y bella del continente, se celebraba el Jubilee Boit, el adiós a Mike Boit, el keniata que ha figurado en la élite del mediofondismo mundial y que también estuvo en los USA con mejor fortuna que su compatriota. Mike Boit saludaba a la multitud mientras abrazaba a los dioses del atletismo de su pais. Al mítico Kipchoge Keino, dos medallas de oro olímpicas; a Koskei, a Biwot y a otros ídolos como Jipcho, Herir o Chesire.

El locutor tuvo la delicadeza de no nombrarle. Miles de personas le recordaron en silencio. En las gradas nadie pudo reconocer en aquella figura de rostro hinchado, pesado y vacilante en el andar, sin poder fijar ya la mirada en los recuerdos, al atleta que una primavera asombró al mundo del deporte acaparando cuatro plusmarcas mundiales en cien días. Henry Rono salió del recinto apoyándose en su hijo. El niño, confundido y desilusionado, no cesaba de repetir “No han dicho tu nombre, papá. ¿Por qué no dicen tu nombre si fuiste el mejor?.

Ahora, aquel muchacho que no supo adaptarse a otras voces y otras estancias, a otras costumbres, quiere ganar la batalla contra el alcoholismo y la dura prueba de la vida en una estación de lavado de coches en Portland a la que acuden algunos deportistas para testimoniarle, todavía, su admiración y respeto.

“¡Sigue, sigue!” “¡Un poco más, una vuelta más, campeón!”.

* Artículo escrito por Oscar Gutiérrez y publicado en el Diario Alerta, a finales de los ’80.

– Su récord mundial de 3.000 m obstáculos (8:05.4) resistió durante 11 años.

– Rono nunca pudo ser olímpico: los boicots a las Olimpiadas de 1976 y 1980 se lo impidieron.

– Henry Rono ha contado su historia en un libro autobiográfico que apareció en 2007, “Olimpic Dream “.

– Ha vuelto a correr y se ha quedado a unas décimas del record mundial de la milla para mayores de 55 años (nació en 1.952).

– Hasta hace poco entrenaba a jóvenes atletas en Alburqueque, Nuevo México y en Yemen.

rono 2009

Henry Rono en 2009

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2 Comentarios en esta noticia

  1. neo Says:

    Precioso artículo. Muchas gracias por dar tanta bola al Deporte Rey, casi siempre ninguneado en los medios.

  2. Antonio.F.M. Says:

    Una historia muy bien contada.

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